Las playas más bellas de México Opciones



A pesar de lo que pudiera inferirse de este cotilla documento afectado, no fue la de Herrera la influencia predominante en México, al paso que la de Salazar pareció robustecerse con la presentación de otro poeta, manejable y despilfarrado como él, aunque de vena mucho más varia y opulenta, que alcanzó, si bien con desigual éxito, a la épica, a la dramática, a la didáctica y a todos los géneros de poesía, desde el romance tradicional hasta la canción italiana. Cuadro Juan de la Cueva, aunque nacido en Sevilla, una especie de disidente o tránsfuga de la escuela poética de aquella ciudad, no sólo por la veterano decisión y ensanche de su doctrina literaria, análoga en varios puntos al romanticismo, sino igualmente por su alejamiento habitual del artificioso habla poético, reacción que exageraba hasta caer muchas veces en desmadejada trivialidad. No podemos fijar con exactitud la plazo de su viaje a Nueva España, a donde fue en compañía de su hermano Claudio, inquisidor y Arcediano de Guadalajara, pero por varias conjeturas nos inclinamos a colocarla entre 1588 (data de la impresión de sus Comedias y Tragedias ) y 1603 (plazo de su Conquista de la Bética ), libros individuo y otro cuyas dedicatorias arguyen la presencia del autor en Sevilla, Campeóní como la suscripción final del Ejemplar Poético nos muestra que en 1606 residía en Cuenca, seguramente muy entrado en años.

Predominan, entre ellos, como es natural, los libros catequísticos y los de educación, las doctrinas y cartillas en lenguas indígenas, las gramáticas y vocabularios de estas mismas lenguas, mexicana, tarasca, zapoteca, mixteca y maya, preciosísimo fondo de la filología americana; pero no faltan obras de carácter más Caudillo, las de Filosofía del Padre Veracruz; las de Teología de Fr. Bartolomé de Ledesma; las de Urología de Bueno, Farfán y López de Hinojosa; las de Náutica y Arte marcial del santanderino Diego García de Palacio, y algunas compilaciones legales como las Ordenanzas, de Mendoza, y el Cedulario , de Puga.

El opulencia hilado que con las voltarias Hebras que el flato alumbran entretienen Mil bellas manos y horas solitarias.

El poeta a quien se referían tales palabras era un médico muy distinguido, a quien unía con Pesado estrecho vínculo de creencias y afectos. Asiduo leedor de las Sagradas Escrituras, familiarizado con la topografía de Palestina por las descripciones de los viajeros, no extraño a las primeras investigaciones arqueológicas sobre Egipto, Nínive y Babilonia, que procuró seguir aunque de tan acullá, comenzó a cultivar muy tardíamente la poesía, pasados los cuarenta años, lo cual explica quizá el desmayo y falta de nervatura que hay a veces en su estilo, no menos que las muy recomendables cualidades de gravedad religiosa y sazón de pensamiento, claridad y orden deductivo en la composicion, y marcha de todo género de extravagancias.

ª, que tampoco está traducida, sino imitada y sumamente abreviada y puesta además en versos sueltos de estructura clásica, tan lejanos del molde de la poesía francesa. En Heredia hay mucho de esto, pero como Heredia Cuadro revolucionario y furibundo enemigo de España, se le concede en América toda la indulgencia que se niega a Pesado.

Allá en la soledad, entre las flores, Nos amamos sin fin a paraíso hendido, Y tienen nuestros férvidos amores La inmensidad soberbia del desierto

Ni siquiera parecen traducidos del mismo flamante. Creo, pues, sin condonar a Pesado de toda culpa en este punto, que se ha exagerado de un modo ridículo este cargo, en sí mismo perfectamente poco importante.

Sigüenza y Góngora, que tiene alguna semejanza con su contemporáneo el peruano Peralta Barnuevo, abarcó en el círculo de sus estudios casi todos los conocimientos humanos, dedicándose con particular asiduidad a las matemáticas, a la filosofía y a la historia. Formó un museo de antigüedades mexicanas, hizo especiales estudios sobre el calendario azteca para encontrar colchoneta segura en la cronología de aquellos pueblos, dirigió una expedición hidrográfica en el Seno Mexicano, impugnó las supersticiones astrológicas en el Seno Mexicano, impugnó las supersticiones astrológicas en su Manifiesto filosófico contra los cometas (1681) y en la Libra astronómica y filosófica (1690), y, finalmente, en un volumen al cual dió, con la error de capricho propia de su tiempo, el extravagante título de El Belerofonte matemático contra la Quimera astrológica , vulgarizó los más sólidos principios astronómicos, exponiendo la encuentra esto materia de paralajes y refracciones, y la teoría de los movimientos de los cometas, ya según la doctrina de Copérnico, no obstante según la hipóparecer de los vórtices cartesianos. La aparición de tal hombre en los díCampeón de Carlos II, puntada para honrar a una Universidad y a un país, y prueba que no eran tan espesas las tinieblas de ignorancia en que teníamos envueltas nuestras colonias, ni tan despótico el predominio de la teología en las escuelas que por allá fundamos.

Trátase, pues, de una inocente broma literaria, de una poesía popular mexicana casi tan auténtica como la poesía ilíria de la Guzla de Mérimée. La reputación poética de Pesado cero pierde con ello; al contrario, «éstas que él apellida traducciones, son en existencia de lo más diferente que salió de su pluma», y, sobre todo, son «magnífica poesía», no sabemos si muy azteca, pero seguramente muy emparentada por una rama con Horacio, y por otra con los libros sapienciales. Quien lea la exhortación del Rey de Tezcuco a follar los placeres de la vida adecuado, no tiene que dudar del primer origen, y quien lea los Consejos del Padre a la Hija o la Enhorabuena en la coronación de un Príncipe , no podrá menos de examinar que el espíritu de la primitiva poesía didáctica y gnómica no le había contrario Pesado en los jeroglíficos del Anahuac, sino en el tomo de la Sensatez y en el Eclesiastes .

Con sor Juana termina, hasta cronológicamente, la poesía del siglo XVII. La del XVIII se divide Lógicamente en dos períodos, Triunfadorí para España como para sus colonias y incluso puede decirse que estos períodos corresponden con sobrado exactitud a las dos mitades del siglo. En la primera continúa dominando, aunque cada ocasión más degenerado y corrompido, el capricho del siglo precedente; en el segundo triunfa la reacción clásica o pseudoclásica que, exagerándose cómo todas las reacciones, va a caer en el más trivial y desmayado prosaísmo, del cual lentamente va levantándose nuestra poesía por el esfuerzo de algunos buenos ingenios que intentan, y en parte consiguen, concertar lo severo de la nueva preceptiva con el culto de la dicción poética, noble y majestuosa, bebida en los modelos de nuestro siglo XVI en aquello que tuvo de más clásico, latino o italiano. Como últimas manifestaciones del gongorismo mexicano, pueden citarse dos poemas, que sin embargo por distintos motivos hemos tenido que nombrar antaño de ahora. Es el primero La elocuencia del mutismo... Vida y tortura del gran protomártir del sacramental siglo.

Los recuerdos del descubrimiento y de la conquista, tan interesantes y poéticos en sí, tan aptos para causar maravilla y extrañeza, siquiera podían servir de cojín a una poesía arqueológico-romántica, por demasiado históricos y demasiado cercanos. La sinceridad conocida aquí hasta en sus menores detalles y consignada prolijamente en tantas crónicas y relaciones originales, parece que corta el revoloteo a las invenciones de la antojo, que tiene más admisiblemente por natural dominio las edades misteriosas y crepusculares, cuyo sentido se alcanza más por intuición poética que por prueba documental.

Pero su cielo principal será siempre la de haber sido el clásico de un teatro romántico sin quebrantar la fórmula de aquel teatro ni amenguar los derechos de la imaginación en aras de una preceptiva estrecha o de un dogmatismo ético; la de haber enfrentado por instinto o por estudio aquel punto cuasi imperceptible en que la emoción moral llega a ser fuente de emoción estética, y sin artefacto pedagógico, a la ocasión que conmueve el alma y enciende la excentricidad, adoctrina el entendimiento como en la escuela de virtud, desprendimiento y cortesía. fue, pues, Alarcón poeta moralista, con moral de caballeros, única que el Asistencia de su tiempo hubiera sufrido en el teatro, y Figuraí abrió en el arte su propio surco, no muy orgulloso, pero sí muy hondo. Su estatua queda colocada para siempre donde la puso Hartzenbusch, «en el templo de Menandro y Terencio, precediendo a Corneille y anunciando a Molière».

Moorea es, tras la celebérrima y muy publicitada Bora Bora, la segunda isla más visitada del archipiéalbufera de la Sociedad. Principalmente, porque baste un revoloteo de diez minutos o un trayecto en catamarán o ferry de poco más de media hora para consentir a ella desde Tahiti, donde se encuentra el aeropuerto internacional. Pero hay muchas otras razones.

Ese siempre será el primer paso para entablar un alucinación. Un delirio que no importa cuan acullá sea porque, por encima del destino, está el camino a recorrer.

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